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27 A menudo los labios más urgentes no tienen prisa dos besos después. Andrés Calamaro   por   Rafa*
 
 
DaniloAlberoVergara 4/1/2021 | 06:13:48  
 
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Danilo Albero Vergara escritor argentino
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  literatura   literatura latinoamericana   literatura hispanoamericana   narrativa argentina   Danilo Albero Vergara   escritores argentinos   escritores latinoamericanos   novelas de escritores argentinos
 

En el capítulo XXV de Gargantúa y Pantagruel, leemos cómo un cruce de insultos entre pasteleros y vendimiadores terminó en grandes guerras. Los vendimiadores les pidieron a los pasteleros, que iban de paso a París, que les vendieran algunos panes ya que la merienda de pan con uvas era uno de sus manjares favoritos. Los pasteleros se negaron y les respondieron con veinticinco improperios, entre otros: habladores, desdentados, negruchos, gordos, borrachos y guardadores de mierda. Hoy no sería tan fácil escribir algo así bajo la tutela del lenguaje y el pensamiento políticamente correcto.

Uno de los daños colaterales de la pandemia del Covid-19 es que, por razones aún no estudiadas, potencia el cretinismo ─término políticamente incorrecto─ de les persones ─lenguaje inclusivo─ de quienes se dedican a la actividad cultural e intelectual y que buscan depurar libros y obras de arte de palabras “denigratorias”; aunque la tendencia ya empezó hace cuatro años cuando el Rijksmuseum de Amsterdam cambió los títulos de centenares de cuadros, eliminando términos como negro, enano, jorobado o indio, por vocablos más “acordes” a estos tiempos. Pero en lo que hace al 2020, una de las joyas del diccionario, ya que no de la corona, fueron los insulsos debates en torno al “lenguaje inclusivo”, llevados a cabo por polemistas largos en palabras y cortos en saberes y fundamentos. Sobre el filo de Navidad, tuvimos la cereza sobre el merengue: una asociación que defiende los derechos de los animales propuso dejar de usar el “lenguaje antianimal” para agredir, por ejemplo: en vez de “llevarse como perro y gato”, “no seas gallina” y “matar dos pájaros de un tiro” usar: “no llevarse bien”, “no seas cobarde” y “alimentar dos pájaros con un bolillo” ─bolillo en su última acepción del diccionario de la Real Academia significa “barritas de masa dulce”.

Aparte de estas propuestas de aficionados, las ligas mayores no han escapado a esta peste, ahora onomástica; por decisión de los herederos de Agatha Christie, la novela Diez negritos pasará a llamarse en futuras ediciones Eran diez. En otra apuesta más fuerte, menos de una semana le llevó a HBO Max levantar la censura que había impuesto sobre Lo que el viento se llevó ─película que innovó con efectos técnicos hasta hoy modélicos─ al levantarla de su programación por considerar que “glorificaba la esclavitud”; luego de un aluvión de protestas, Lo que el viento se llevó está de nuevo disponible… con un mensaje aclarando cómo esa película debe ser interpretada actualmente.

Borges sentó jurisprudencia sobre el estilo de los insultos en “El arte de injuriar”, y en la vida real no se quedó atrás, aunque sin caer en la rudeza de quien le adivina la profesión a la madre de un enemigo, con su ironía característica cuando llamó “andaluz profesional” a García Lorca, o cuando dijo que algún colega “había perpetrado un nuevo libro”. En las artes y las letras, las ofensas y desacreditaciones forman parte del oficio, poética y estética. A modo de muestra es famoso el epigrama de Moratín: “Tu crítica majadera / de los dramas que escribí, / Pedancio, poco me altera; / más pesadumbre tuviera / si te gustaran a ti.” Es conocida la rivalidad de Góngora y Quevedo, que no escatimaron agravios, algunos peligrosos, como el primer cuarteto de un soneto “Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino”, y peligroso porque reitera las acusaciones que le hacía Quevedo a su rival de ser judío, en momento en que la Inquisición era activa y poderosa.

En desacreditaciones más recientes, para León Tolstoi las sensaciones evocadas en Les Feurs du mal de Baudelaire no le pueden interesar a ningún hombre sano; y, para Brecht, Baudelaire era un poeta pequeño burgués, por su parte Ionesco; pensaba que Bertold Brecht era creador de personajes acartonados y necios. Más recientes, a mediados de los ‘60 del siglo pasado, tenemos la reflexión de Dalí: “Picasso es comunista, yo tampoco”.

Nuestro poema fundacional, el Martín Fierro, no escaparía a una purga de agravios, están aquellos hexasílabos: “ha nacido indio ladrón / y como indio ladrón muere”; o: “el indio el cerdo y el gato, / redaman la sangre del hijo”; sin contar a los afroamericanos ─. De raza negra hay afroamericanos descendientes de argelinos y egipcios, tunecinos, libios y somalíes; un ataque a un prejuicio excluyente se sustenta en otro prejuicio excluyente─ por aquello de: “a los blancos los hizo Dios, / a los mulatos San Pedro / a los negros los hizo el diablo / para el tizón del infierno”. O Don Segundo Sombra en aquella provocación del tape Burgos: “San Pedrino, San Pedrino / el que no es mulato es chino”. No quiero pensar el día que alguien le eche el ojo a la novela de Laiseca, que no leí pero con un título que es una provocación: Matando enanos a garrotazos.

Ya en el campo profesional, las injurias proliferan, tenemos para abogados, pintores, médicos, escritores y sicólogos, sus equivalentes: picapleitos; pintores de brocha gorda; matasanos; plumíferos o tinterillos; loqueros. También es curioso cómo cambian las metáforas de la injuria según que bando las use; la expresión peyorativa para definir a quien se va sin despedirse para los angloparlantes es “salir a la francesa” (french leave) y para los franceses “salir a la inglesa” (filer à l’anglaise); ya la sífilis era french disease, mal napolitain o mal spagnuolo, según el afectado fuese inglés, francés o italiano. Una manera de denigrar al otro muy común en el Mediterráneo oriental es: “hacen falta dos griegos para joder a un turco” o ─lo que es lo mismo, pero no es lo mismo─ “hacen falta dos turcos para joder a un griego”. En conclusión, se puede resumir a la injuria y al insulto como la negación de una cualidad que se supone debe existir, y que posee quien emite el juicio.

Hay un verbo inglés, “to bowdlerize” (expurgar un texto retocando palabras malsonantes o vulgares), que es un homenaje ─mejor, una injuria─ a Thomas Bowdler (1724-1825) quien reescribió la obra de Shakespeare para hacerla apta a oídos sensibles. Hace menos de diez años un escriba norteamericano hizo lo mismo con Las aventuras de Hucklerberry Finn, eliminado la palabra nigger. A esta práctica no escaparon el nazismo, franquismo, fascismo ni estalinismo, que llegó al extremo de retocar fotos oficiales y reescribir páginas de la Gran Enciclopedia Soviética a medida que se sucedían las purgas ─los suscriptores recibían las páginas modificadas y eran obligados a devolver las originales─. Del amancebamiento de puritanismo anglosajón y estalinismo es hijo el actual “lenguaje políticamente correcto”.

En el siglo XIV, en medio de la “peste negra” Giovanni Bocaccio escribió el Decamerón, abundoso en putas y maricas, adúlteras y adúlteros, curas lujuriosos, venales y estafadores de incautos fieles; también proliferan las alcahuetas y ladrones, y villanos de todas las razas y colores; Bocaccio escribió sus relatos a resguardo de “lo políticamente correcto”; y hasta ahora se viene salvando de la bowdlerization.

Pandemias eran las de antes.





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